A: ¿Cree usted que la vida es muy larga! Pues le tengo la solución. ¡Venga y pregunte, pregúnteme sin compromiso!
(Espera unos minutos repitiendo a gritos lo mismo, hasta que se acerca un caballero)
B: ¿Dígame, señor, cuál es la solución para acortar la vida?
(El vendedor le secretea algo al oído, su interlocutor asiente animado con la cabeza y le cambia unos billetes por una pequeña caja; acto seguido, abandona el lugar. Al instante se acerca otro individuo al vendedor)
C: ¿Cuál es la solución?
A: Disculpe, caballero, pero la acabo de vender. Ya no está bajo mi custodia. No, lamentablemente no se la puedo dar. Lo siento mucho por su vida, parece que el destino le depara un camino insoportablemente largo.
C: ¿Cómo así que ya no la tiene! ¿A quién se la vendió? ¿A ese señor de sombrero que va allá?
(El vendedor termina de empacar sus pertenencias en el maletín y confirma satisfecho la duda del interesado. Este último se dirige apresurado al comprador)
C: (gritándole a B) ¡Oiga! ¡Deténgase! ¿Cuánto pagó por la solución que le vendió el anciano de la esquina? Yo le doy el doble.
B: (asustado) No, señor, no está en venta. Ni siquiera he abierto la caja.
C: ¿Cuál caja? (Detallando minuciosamente el interior de la bolsa que B lleva agarrada)
B: Una caja. Permiso, señor, que tengo afán.
(B trata desesperado de parar un taxi, pero todos están ocupados. C, al observar las intenciones de B, pierde el juicio y trata de arrebatar la bolsa de B) B: ¡Qué hace! ¡Ladrón, ladrón! ¡Ayúdenme!
(Inicia un divertido forcejeo en la mitad del andén. Ninguno de los testigos hace más que mirar. Los gritos de B tienen iracundo a C, que no ha podido arrancar la solución a B, y a la vez nervioso por la posible intervención policial.) C: ¡Suéltela o lo mato! ¡Qué la suelte, le digo!
La inverosímil lucha no termina con las amenazas de C, hasta que éste último saca de su bolsillo un cuchillo largo y lo guarda de nuevo, pero en el vientre de B. Los testigos, al ver el rojo escandaloso de la sangre, despiertan de su letargo y comienzan a gritar para que agarren a C, que ya corre lejos y sin mirar atrás, con la bolsa de B en la mano. Por suerte, una patrulla escucha la algarabía y alcanza al agresor. La ambulancia tarda bastante en llegar y cuando lo hace se encuentra con un hombre muerto.
En ese espejo se reflejaba el silencio. Se lo compré a una ciega aquí en el mercado y me resultaba útil cuando no podía dormir. Durante las noches amenazadas de insomnio me sentaba frente a él a gritarle, y el retorno extinguido de los gritos me arrullaba, escuchar sus colores lentos y pesados me introducía al sueño. Sin embargo, anoche el espejo no reflejó nada, ni siquiera mi asombro, por eso decidí venir temprano a reclamarle a la anciana. Desmonté el espejo, lo traje hasta acá pero no la encontré. Desesperado por el escándalo de la muchedumbre y por la incomodidad de cargar algo tan pesado fue que decidí vendérselo a un desconocido. No he contado cuánto me dio por él, pero sé que fue una suma irrisoria. Ahora estoy buscando mi casa, pero tanto ruido no me deja ver.
P.D: En el respaldo escribo mi dirección. Agradezco al que me puede ayudar.
Se acaba la canción, los audífonos hablan como piedras, una avioneta continúa con la melodía
La mujer que está al lado ostenta sin verguenza la uña podrida del dedo gordo de su pie izquierdo
Dos hombres, junto a ella, hablan en francés susurrado. Cuando ríen miran directamente a los ojos del otro
Otra mujer, al lado de ellos, se chupa los dedos con los que acabe de meterse un trozo de torta a la boca. Se los chupa hasta la mitad, mientras su amiga le habla
Al otro lado hay una pareja de pie. Se paran como preparándose para bailar tango. Se nota que están aprendiendo. No les importa. También se nota que están enamorados
La de la torta se para y arroja el papel aluminio que envolvía su postre. Se sacude las manos. Ya no se vuelve a chupar los dedos
Cuatro teléfonos públicos. Cuatro personas conectadas. Sólo dos de ellas parecen tener una conversación amena
La de la uña podrida viste falda. Examina sus piernas. Analiza con sus palmas la calidad de la última rasurada
Pasa una mujer de camisa rosada con cachetes rosados, por el acné
La pareja del tango se sienta a mi lado. Él es afeminado, ella le da un beso y después trata de extirparle una espinilla. No lo logra
Arepa de huevo- 2 Jugo de Mora-1 Jugo de Maracuyá-1 Hombre-1 Mujer-1 Silencio-2
A él se le cae la bolsa vacía donde traían las arepas que ya almorzaron. Ella se agacha, la recoge, y se pasa la lengua por los labios para desengrasarlos. No hablan
Tengo miedo de que me deje de gustar esta canción por repetirmela tanto. Desde hace quince días estoy escuchándola sin cansancio, en el Ipod está siempre seleccionada y cuando ya sé que se está acabando presiono la flechita que hace que empiece de nuevo. Ya busqué las palabras que no entendía, y encontré el sentido de las expresiones que traduciéndolas literalmente a nuestro idioma no tienen mucho significado. En la universidad estoy cantando más que hablando (aún sabiendo que mis virtudes para el canto son un mal chiste), y escribo los versos de la canción en donde me muerdan las ganas de ver esa perfección poética. Dylan es un genio. Desde que empezó a componer se supo que sería un genio. Uno puede tomar dos posturas frente a Dylan: sorprenderse constantemente por la calidad de cada verso, por la inspiración extraordinaria de cada canción; o bien puede dar por sentado que eso es lo normal en Dylan y que sólo podríamos exaltarnos cuando tenga una canción floja y sin sentido. En realidad no son posturas diferentes, lo que quiero decir es que es cuando lo común es lo perfecto uno puede llegar hasta el punto de no sorprenderse tanto con lo bueno. ¿Estoy exagerando? Sí. A Bob Dylan uno no puede escucharlo sin estremecerse al final con uno de esos escalofríos relampagueantes que te dan cuando ves a una mujer bonita, o cuando tenés un bostezo atrancado. Yo creí que Sabina era único, pero ese adjetivo se complica cuando tiene que disputarlo con el compositor de It´s Alright Ma' (I'm Only Bleeding) y de otras 500 canciones más.
Aquí dejo el video. La letra de la canción es un poco larga. Si la querés leer (¡la tenés que leer!), hacé click >aquí.
I. Yo no soportaría tu muerte. Cada vez que imagino tu funeral me dan ganas de morir primero, de evadir con cobardía el sufrimiento de tu ausencia. ¿Qué haría yo ese día en que te llame y te llame, te toque tu cara, te sacuda por los hombros, y sienta sólo un montón de carne dejándose enfriar, de besos morados y de silencio vacío? A veces, cuando te veo dormir, me asusto: tu cuerpo sin ti es mi carta de suicidio. Si me toca ir a tu funeral, reservaré la sala contigua para que hagan también el mío y se abastezcan en él cuando en el tuyo se les acabe el tinto y los kleenex hayan llenado todas las papeleras . ¡Qué beneficio les hacemos evitándoles dos dolores y dos llantos! Que agoten todo el sufrimiento en un velorio. Es una promoción altruista.
II. Si me amas, no te mueras.
III. Hay una pregunta que debemos analizar con estricta seriedad: ¿Por qué amar a una persona que nos va a hacer tanto daño cuando se muera? No es que no considere una manifestación de amor el llorar ahogados a un familiar o a una esposa, sino que considero cruel y siniestro, por parte del muerto, haberse dejado querer para que después por culpa de él los otros lloren. Para mí eso no es amor. Si te amo no me dejo amar, que llores por otro, pero que a mi tumba no le vengan a rociar penas de las que no quiero ser culpable.
IV. Entiéndeme, es que no quiero saber que vas a llorar por mí. No quiero imaginarte golpeando mi ataúd sin que yo despierte. Me duele pensar en tu dolor, en los que te avisen mi deceso. Cómo sería esa noticia, “Jorge ha muerto”. Cuando te asesten esa oración no quiero que mi nombre sea el sustantivo. Al decírtela las rodillas se te disolverían al instante, e ignorarías por meses cualquier palabra con pretensión analgésica. Yo te amo, ¿cómo podría hacerte eso?
V. Qué radical, extremista, hablador. Cómo se me ocurre pensar eso. Qué enamorado pensaría en rechazar amor por no hacer posterior daño con su muerte, qué imbécil sería. Sin embargo, yo, que ya lo he pensado, tengo que ser consecuente. Me voy a desaparecer, pero no te preocupes, no estaré muerto, ni tampoco te desgastes creyendo que mi regreso depende de otros: me voy sólo, nadie me obliga. Olvídate de mí, consíguete otro y entrégate toda a él, como lo has hecho conmigo. Cuando ya estés anciana y tu marido muera, llóralo, llóralo a puños sobre su cajón y sólo entonces acuérdate de mí. Recordarás que no soy yo el que te causó esa pena, y que todavía te amo. De pronto se te distrae el luto. Y si mueres primero que tu esposo, quiero que desde ahora te convenzas de que voy a sentirme aliviado cuando vea que no soy yo el que se asfixia de dolor agarrando la bolsa de tus cenizas y cuando advierta que tu muerte no me encontró vulnerable. Entonces sabré que me amas y no tomaré medidas de seguridad al respecto.
He tenido algo descuidado el blog, lector invisible, lo acepto; pero es debido a las toneladas de trabajos que se me acumularon al final del semestre y tengo que entregar en poco tiempo. En estos momentos realizo una investigación sobre los medios que publican literatura de ficción y poesía en Medellín. Busco revistas, blogs disciplinados, revistas virtuales, que se atrevan a dedicar espacios a los nuevos escritores que se hornean en la ciudad, porque de que los hay, los hay, sólo que no hay muchas maneras de conocerlos.
La literatura en Medellín no tiene mucha divulgación. Yo quiero saber si es por falta de promotores, de escritores disciplinados, de medios que estén interesados en apoyar, de revistas que estén dedicadas a publicar novedades literarias de la ciudad; o si es tal vez un problema que no depende tanto de los apasionados por la literatura sino de la sociedad en general: una sociedad donde los pocos lectores que hay sólo le entregan sus ratos de ocio a lo que consiguen en las grandes librerias o de los piratas esquineros. No sé. Todavía no concluyo nada.
Bueno, es por eso que hace rato no subía nada al blog. A partir de la semana entrante, cuando ya haya entregado la investigación, tendré millones de segundos para escribir, y seguramente algo de eso quedará consignado acá.
Últimamente ando recuperando dudas que tenía cuando era un niño y la realidad apenas estaba empezando a tener forma (bueno, no es que ahora la tenga, sólo que entonces era un poquito más desfigurada). Yo sé que que en el blog pasado hablé sobre el olvido y su dictadura en mi memoria, pero la verdad es que a veces le gano y logro arrebatarle una que otra cosa. Decir que olvido lo que quiero es una exageración pedante y literaria. Ya me perdonarán. Pueden olvidar ese blog. Desde el título se los había dicho.
En fin, durante una de las noches que taparon la semana pasada atrapé un pensamiento que tenía cuando ni siquiera había hecho la primera comunión. Pensándolo bien no era tanto un pensamiento como un tímido reproche. Les cuento:
Siempre me gustó el libro del Apocalipsis. Esos cielos sangrados, trompetas kilométricas, furia divina, y pánico másivo eran elementos de escenas que me divertían las horas de lectura bíblica. Pero había algo del Apocalipsis que me inquietaba: no se sabía cuándo iba a ocurrir. "¿Qué espera Dios para el Juicio Final?" -me preguntaba- "¿Será que nos tocará a nosotros?". Lo más seguro -pensaba- era que no nos tocara: si no le había tocado a mi abuelo muerto por qué habría de sucederme a mí. Pero el problema no era tanto el cuándo sucedería, lo que me picaba en el cerebro era otra cosa.
Yo daba por supuesto que justo después de la muerte habría de dirigirme al cielo para reclamar mi vida eterna. Allá arriba me reuniría con todos los muertos acumulados hasta el momento, y a su vez, los que morirían después de mí se encontrarían conmigo. Y esa inmensa colección de muertos se sucedería interminablemente hasta el día del Juicio Final: hasta el día de trompetas y caballos descomunales. Yo no entendía cómo Dios podría hacer eso: poner a esperar a todo el mundo en el cielo hasta que le diera por acabar con lo de allá abajo, y mientras tanto se iría llenando el firmamento como un metro en hora pico.
Además de la angustia que me provocaba la imagen del cielo atestado, me daba envidia de aquellos que irían a disfrutar del Apocalipsis mientras estaban vivos en la tierra. Como ya dije, siempre he sido pesimista y sabría que no me tocaría a mí; y sumado a eso también soy envidioso y me dolía que Dios le fuera a dar a otros el placer de ser los últimos en la tierra, mientras millones de muertos eternos se hacinaban en las nubes por tiempo indefinido.
Esa fue una de mis primeras inquietudes sobre el proceder divino. Y, aunque no parezca tan importante, fue una de las minas originales que se enterraron en mi "dimensión religiosa". Ya esa dimensión está humeando entre las ruinas. La metafísica pueril no es tan inocente.
P.D: Obviamente mi reproche no estaba tan elaborado. Era algo que entonces sentía y que ahora le puedo explicar a ese niño que lo vivió.
Anoche estaba olvidando algunas cosas y me di cuenta de lo privilegiado que soy. Tengo la bondad natural de olvidar sin mucho esfuerzo: se me suprime fácilmente un nombre, un gusto, una adicción, un amor, una fobia, un sabor…
Por eso mi presente es mucho más rico que el de los memoriosos. El mío es periódicamente virgen.
La memoria tiene una característica aciaga: atrapa la realidad y la vuelve costumbre. Eso le quita a uno la posibilidad de asombrarse varias veces con el mismo objeto. Son muy pocas las cosas que la memoria no es capaz de reducir a imágenes normales, gastadas, previsibles, y por eso es que a veces el olvido se espera con avidez, y se recibe con gratitud.
¿Es el olvido una virtud?
No sé. Pero estoy seguro de que al que afirme eso le caerían innumerables hombrebibliotecas pedantes para burlársele y decirle riendo: “El que olvida es un pobre involuntario, pero un pobre. Si antes tenía un saber, pues lo perdió por no cuidarlo, y ya tiene uno menos. El que olvida es un pobre involuntario”
Pero qué más da -diría ese sujeto al que se le burlan con arrogancia-. Él –que quiero ser yo- respondería que encuentra más placer en encontrar verdades que en mantenerlas.
Tatuarse los saberes en la memoria es una actividad análoga a la de las casas donde le cortan las alas al loro. Lo hacen para que el animal se quede en su jaula –o en su árbol- repitiendo por siempre lo que ya todos saben que va a decir. A mí esa tarea de cortarle las alas al loro me parece macabra, y va en contra de mi veneración al olvido, por eso evito llevarla a cabo. No niego que hay algunos plumíferos que deciden quedarse temporadas extensísimas en mi memoria, y lo logran aunque yo les sacuda las ramas para que se caigan y me gaste horas urdiendo la estrategia para que emigren al vacío. Ésos, por su persistencia, a veces merecen que los indulte; y entonces, cuando ya estoy resignado a tener que aguantarlos por siempre, miro a la jaula y agonizan de viejos, o –en el mejor de los casos- ya no están.
Siempre es mejor que lleguen loros nuevos a decirte cosas imprevistas, a que permanezca el mismo taladrándote con el mismo discurso. ¿No?
-¿Qué responderían a esto los Funes memoriosos? Que es mejor saber mucho de algo, que poco de mucho. (Esa respuesta es un loro milenario)
-¿Y qué contraargumentaría mi sujeto? No me acuerdo.
A: Hey entonces.... B: ¿Entonces qué? A: Estoy esperando a que me digás. ¿Sí querés que te mate, o no?
B: Eso depende de vos. Si querés me matás, yo no puedo hacer nada.
A: No es que yo te quiera matar, sino que como me habías dicho que estabas muy aburrido y todo eso... es para que aprovechés que yo ya me voy a suicidar. Así nos vamos juntos.
B: No, no, no, pues cómo. Yo no me voy a suicidar. Oigan pues.
A: Ahh pero este si es bobo, ¿no entiende?. Vea, yo lo mato a usted y después me suicido. Es un favor que le haría: yo sé que usted por más deprimido que esté no es capaz de suicidarse. Déjese ayudar entonces.
B: Parce, vos estás loca...
A: Loca no. Es de buena gente. En serio.
B: Pero es que decirte que sí quiero que me matés sería lo mismo que un suicidio, sólo que por una mano que no es mía, y yo no me quiero suicidar.
A: ¿Entonces qué hacemos?... Ya sé: No me digás que sí, pero tampoco me digás que no, y entonces yo ya sabría que éso es un sí.
B: Agghh, cómo vas a decir éso: ya no va a poder ser así, porque si no te digo que no, vas a creer que quiero que sí; y como tampoco te voy a decir que sí, entonces no. ¿Si me entendés? Lo mejor es que te des cuenta por tus medios de qué es lo que yo quiero.
A: ¿Y si creo que sí y después resulta que no?
B: Pues ya qué, voy a estar muerto.
A: Pero asesinado por una suicida, y esa no es la intención.
B: Bueno, ya pues. Decidite y miramos a ver qué pasa. Que conversación más aburrida.
Cuando están enterrando a una persona, durante la misa y en el momento de su ingreso a la tierra o al horno, los enlutados repiten al unísono una sentencia aterradora: "Dale Señor el descanso eterno, y brille para él -o ella- la luz perpetua".
¿Se imaginan que éso se cumpla? Que apenas estés desconociendo la muerte y que de pronto te llegue un rayo de luz divino, como si fueras el protagonista de una obra de teatro, y que nunca deje de vigilar la efímera paz que habías conseguido; uno recién muertico y ni siquiera así le dejan de echar la sal. Para mí, esa sentencia, ese deseo de la luz perpetua, es una inconsciente manifestación de envidia. Piénsenlo. El ser humano sabe muy en el fondo, donde ya no hay que saber nada, que la muerte es la recompensa por haber vivido; y por eso, cuando alguien se muere, los que se quedan llorando inician de inmediato una campaña para tratar de que su hermano no disfrute primero que ellos los placeres del morir.
A usted, lector fortuito, le pido que si algún día desemboca en mi funeral, por favor evite que se me desee tan mala suerte. Yo no soy supersticioso, y podría asegurar que los efectos del "descanso eterno y la luz perpetua" son inocuos para el impasible cuerpo del muerto; pero igual, es mejor prevenir. Cuando me muera, les pido de una vez, no me hagan misa a mí: si quieren hágansela ustedes mismos, pero relax que yo voy a estar bien y no necesito las amenazas de un faro que me de iluminación eterna.
... Desventurados aquellos que no pueden morir porque les toca quedarse a la derecha de su Dios padre por toda la eternidad...
Esta pregunta se me ocurrió hace rato, pero apenas la vengo a escribir. Siempre he creído que la respuesta que se le de dice mucho de la persona que la responde. Here it comes...
Si fueras un taxista que no ha conseguido pasajeros y recorre sólo las calles de la ciudad, ¿Prenderías el taxímetro para saber cuánta plata has perdido al no tener clientes, o lo dejarías apagado sin interesarte por él?
Hace dos semanas, en una excéntrica discoteca llamada Vinacure, me impactó por casualidad una imagen poética de las que se quedan colgadas un buen rato en la memoria. Estaba aburrido en la silla, viendo hablar a todo el mundo y detallando las ruidosas paredes del lugar mientras me concentraba en la música. Entonces sonó una canción que nunca había escuchado y que contrastaba con los géneros habituales de las discotecas. Desde el principio me gustó, y supe que era un clásico (algo así tenía que ser un clásico), hipótesis que comprobé cuando el tipo sentado en una mesa cercana la estaba cantando emocionadísimo y su acompañante no hacía más que mirarlo, y mirar si alguien los estaba viendo.
Yo memoricé uno de sus versos para después buscarlo en Google y descubrir el nombre de la canción. Las palabras que me aprendí decían así: I’m alive, I’m death, Im a stranger living in an arrow. O eso era lo que yo había entendido.
Living in an arrow… Apenas escuché esa frase se me salió el respectivo “Ufff” que se merecen las cosas que me causan admiración. La imagen de estar viviendo en una flecha me cayó como la mejor poesía que he escuchado en varios días –teniendo en cuenta que hace bastante no leo poesía con disciplina-.
Me imaginé una flecha atravesando el aire de un bosque; la punta, que gira tan rápido que parece quieta, refleja todo lo que se levanta a su alrededor, y en cierto punto reflejará el lugar donde se va a clavar. Nosotros, según la imagen de la canción que se me descubrió en Vinacure, habitamos en esa punta giratoria.
Esa oración me explotó de inmediato, sin embargo no le encontraba mucho sentido. Aún así seguía valiendo la pena repetirla y repetirla, imaginársela y pensarla un rato. A veces no sabemos por qué nos gusta algo, yo no puedo explicar por qué me gustó ese verso inconexo, pero me gustó y .
Al día siguiente, cuando busqué en Google los versos que me aprendí, no encontré ningún resultado. Entonces quité el “living in an arrow” y puse “im alive, im death, im a stranger”, y sí encontré algo. Google me corrigió y apareció el conocido “quiso decir”: I’m alive, I’m death, I’m the stranger, Killing an arab… Una canción de The Cure.
Killing an arab?????
Yo juraba que era “Living in an arrow”, y resulta que no era eso, que la poesía que disfrute durante esa noche era una mentira. Mis falencias en la comprensión del inglés se tradujeron en una creación involuntaria. Aunque pensándolo bien, yo no creé nada, no tengo méritos para decir “Hey vean lo que se me ocurrió. Es fantástico: un poema titulado “viviendo en una flecha””. No, no los tengo. Yo simplemente creí haber entendido eso.
Entonces surge la pregunta: ¿De quién fue la creación? La respuesta en este caso es evidente: de nadie. Ni mía, ni de The Cure, ni de los parlantes, ni de nada. Ese verso estaba ahí, en la lista de espera de los inéditos, aguardando a que alguien conjugara sus partes. Por error es posible crear, pero no puede atribuirse ese surgimiento a nadie. Es hijo del lenguaje, de nada más y –para que suene mejor-, de nada menos.
Ya me había pasado lo mismo antes, pero con imágenes más discretas. Ahora sé que si utilizo el “living in an arrow” tengo que dejar en claro que no es mío. Ni de nadie. Es que, en últimas, lo que se escribe no tiene autor, y así lo han propuesto varios escritores. Con el pasar de los años, de las décadas y los siglos, los autores terminan siendo una ficción entretenida pero innecesaria.
Los códices mayas, las piedras egipcias, los pergaminos semidestruidos y demás documentos históricos, pueden prescindir –sin que pierdan valor- de un nombre que los sustente. Lo escrito lo dice todo, incluso quién lo escribió. Obviamente hay que dejar correr el tiempo para darse cuenta de que lo que escribe un colombiano hoy, o un europeo, o un chino, o un humano cualquiera, corresponde a lo que tenía que ser escrito por todos ellos. Voluntaria o involuntariamente los escritores asumen ese papel de intérpretes y transmisores de un contexto específico. Pero lo que quiero dejar en claro es que para mí las creaciones de ésos escritores no son, en realidad, de esos escritores: son del lenguaje que tiene desde un principio las posibilidades de combinación determinadas y que sólo está esperando a que se agoten todas sus formas de expresión. Todo esto lo planteó Borges en su cuento “La Biblioteca de Babel”, y yo lo tarareo de nuevo por culpa de un episodio fortuito en el que un error me reveló un buen verso.
Nota: Este es un escrito que analiza -sin muchas pretensiones- uno de los cuentos más conocidos de Jorge Luis Borges. Si no se han leído el cuento este texto se les hará incomprensible y aburrido, pues no contextualizo en ninguna parte. Si quieren leerse el cuento, lo pueden hacer> aquí.
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Con Borges el tiempo es maleable, casi sumiso, como un animal entrenado. La exploración que hace Borges del tiempo descubre, y ayuda a descubrir, nuevas posibilidades. Creo que uno de los aspectos aburridos de la ciencia es que establece, por lo menos temporalmente, las características de la realidad, y digo establece cuando debería decir “fija”. La ciencia fija una realidad, y la limita. Borges desprende con maestría los clavos del conocimiento, del cuadro que la ciencia cuelga para cubrir el hueco de las posibilidades descartadas, y propone el suyo. Lo que más admiro de él es que insinúa realidades, como buen poeta, y lo hace sin la intención de edificar o teorizar en la realidad. La poesía tiene la libertad de crear sin tener que esforzarse para que sus hipótesis o teorías no las derroque alguna más evolucionada, como ocurre en la ciencia. Veo a la poesía como un conjunto de realidades eternas, inmunes a las demostraciones y experimentos, a los números y métodos. Si algún día nos extinguimos como especie humana creo que el mejor epígrafe para la tumba común sería La Poesía.
Ahora sí, a hablar del cuento: La primera vez que lo leí, concentré mi atención en la teoría, en las frases que me revelaran la concepción del tiempo que el autor quiso compartir, pero pasé por alto la influencia del argumento o la trama del cuento en esa “teoría”. Durante la relectura estuve pendiente de la manera en que el escritor argentino aúna cuento y filosofía.
Borges inicia relatando un confuso hecho acontecido en la Primera Guerra Mundial, en primera persona; y el cuento lo termina narrando un oriental, espía al servicio de Alemania y preso en Inglaterra por un crimen que se gesta desde la primera página del texto. Parece una trama rebuscada para meterle cuestiones metafísicas y filosóficas, pero si algo le sobra a Borges es ingenio. En mi primera lectura del cuento subrayé casi toda una página que creí que sintetizaba todo lo que Borges quiso decir con él. Es en la que Albert le revela a Yu Tsun (el espía oriental que resulta ser familiar de Ts’ui Pen) las reflexiones sobre el tiempo que Ts’ui Pen (un excéntrico pensador oriental) había materializado en su obra “El Jardín de senderos que se bifurcan”. Es una página que por su contenido habría podido prescindir del resto del relato, tiene vida propia y autonomía semántica. Borges la pudo haber escrito como un texto aislado de cualquier tinte de ficción y no perdería ni un gramo de su valor estético y filosófico; sin embargo, Borges relaciona sutilmente esa propuesta de “infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos” con la historia que va fluyendo y rodeando la pagina mencionada. En realidad creo que esa página se extiende sobre todo el cuento imperceptiblemente, en algunas escenas más evidente que en otras. Por ejemplo encuentro esa relación en dos momentos casi idénticos que se repiten en el cuento pero con consecuencias radicalmente opuestas.
Durante la ya mencionada contextualización que le hace Albert a Yu Tsun, sobre los estudios que hizo de la caótica obra de su antepasado, el inglés se levanta para alcanzarle un papel revelador al espía, éste lo recibe y se interesa por él y por la atractiva exposición del anfitrión. La escena se repite unas páginas después, pero cuando Albert se para para coger de nuevo la diciente nota de Ts’ui Pen, Yu Tsun le dispara y asesina.
Según “El Jardín de los Senderos que se Bifurcan”, todo ocurre; absolutamente todo lo que puede ocurrir, ocurre, aunque nosotros estemos fatídicamente destinados a percibir solo una de las posibilidades que se derivan de un suceso: sólo una de las infinitas dimensiones temporales. Somos eternos, infinitos, pero no nos damos cuenta de ello. Yu Tsun alcanzó dos dimensiones, fue dos veces Yu Tsun: una vez recibió el papel y se interesó por él; la segunda, recibió la nota y no esperó para asesinar al desprevenido Stephen Albert. Para Borges el tiempo es una interminable bifurcación de posibilidades, las consecuencias de un evento son infinitas. Esta página puede cambiar el mundo, o terminar en una papelera; o tal vez puede cambiar el mundo en una papelera. Es más, todas se darán, y nuestra ceguera sólo descubrirá un destino. Ahora yo no estoy escribiendo esto y tampoco me doy cuenta. Vos no lo estas leyendo, y tampoco lo percibís.
Este sábado durante una de esas silenciosas horas de la madrugada, y mientras regresaba a mi casa, fui confesor de otra víctima de las injusticias de este país. El taxista que me traía me dijo que hasta el momento la noche no había sido muy buena para él: todavía le faltaba dinero para liquidar, para llenar el tanque de la gasolina, y ganar lo que le iba a quedar a su bolsillo. Le pregunté cuánto tenía que entregar al dueño del taxi después de cada turno de trabajo, y me respondió que 67.000 pesos; además de eso tiene que entregar el taxi tanqueado. Yo no esperaba que soltara una cifra tan elevada, y cuando lo hizo se me escapó el sueño que había venido aumentando con el mismo ritmo del taxímetro. “67.000 pesos no son fáciles de conseguir –afirmaba él-, a duras penas me quedarán 20.000 para mí cada noche”.
Es insólito que una persona que trabaja más de 8 horas, entre la noche y la madrugada, se gane sólo un poco más del salario mínimo, si le va “bien”. Me irrita la imagen del sujeto al que este taxista le tiene que liquidar casi 70.000 pesos: en ese momento debía estar durmiendo en su casa o en su finca, o tal vez estaba derrochando en una rumba lo que mi fortuito conductor le producía. Por eso, y con un tono de complicidad en la indignación, le pregunté cómo eran capaces de pedirle tanto por cada jornada de trabajo; pero él –que de inmediato captó mi desconcierto- ignoró esa pregunta para darme un dato que me alarmaría aún más.
¿Sabe cuántos taxis tiene el tipo al que yo le liquido?, me contrapreguntó. Antes de ese cuestionamiento, yo imaginaba que el dueño del taxi era un hombre sencillo que había optado por invertir en un carro que le produjera, pero que eso no lo hacía un millonario. Con ingenuidad pensé que un taxi era mucho, y por eso, cuando me reveló el número de carros que tiene el propietario de ese vehículo sentí que me estaba molestando.
¿400 taxis! -exclamé asustando al silencio- ¿es en serio? Ahí sí se me hizo más indignante todo el asunto, más doloroso. ¡Cómo es que un individuo (¡uno!) puede tener 400 taxis recolectando dinero por toda la ciudad! Mi taxista del momento sonrió con tristeza: orgulloso por saber que me había aturdido con esa cifra tan escandalosa, pero consciente de lo explotado que estaba siendo. Yo me quedé un momentico en silencio, mientras los 400 taxis me golpeaban la concentración igual de rápido a una pelota de tenis de mesa cuando está a punto de dejar de rebotar. El estupor me impedía hacer cuentas, pero él las hizo por mí. “Mire, digamos que cada uno de nosotros (los taxistas empleados) le entrega 70.000 pesos; son 400 carros; siete por cuatro es 28; o sea que a este señor le entran mínimo 28 millones de pesos al día” Lo calculó rápido y sin titubeos, como si ya hubiera practicado miles de veces esa detestable multiplicación. Seguramente la hace con frecuencia cuando maneja y maneja y no consigue nada; cuando está desesperado en las malas noches, con ganas de chocar el carro y escupirle las chatarras al abusivo de su dueño. Pero no puede hacer eso, necesita el trabajo, y así su jefe sea un explotador que le cobra 67.000 pesos por dejarlo laborar, él prefiere sentarse a teclear los tres pedales del auto amarillo que echarse en un sofá de su casa a lamentarse por no conseguir un trabajo honroso.
Incluso es muy probable que no trabaje de mala gana, al fin y al cabo tiene la oportunidad de ganar su propio dinero, pero es que hay un problema de apariencias: a él no le están dando ninguna oportunidad. A él lo están utilizando para producir. No hay ninguna bondad por parte de su empleador. En su contrato no respira la intención de ofrecerle un trabajo donde pueda recibir lo que se merece, sino la obligación de recoger y entregar 67000 pesos, y únicamente después de haber cumplido con esa condición es que tiene la posibilidad -y algo de tiempo- para conseguirse lo que necesite para mantenerse estable. Es un contrato que revela con simpleza las diferencias de clase: hay un sujeto que cada día pesa 27 millones de pesos más; y hay 400 que sufren por conseguirse tan sólo 20.000. ¿Cómo se puede aceptar que una sola persona pueda aprovecharse tan groseramente del trabajo ajeno?
El taxista me decía que era consciente de la explotación y el abuso que lo hacían víctima, pero que la necesidad lo obligaba a trabajar. Ya faltaban tres cuadras para llegar a mi casa y yo apenas pude sacar una de esas frases comunes que evidencian cuándo una persona no tiene nada más para decir: “Pero bueno –comenté-, ojalá algún día ahorre lo necesario para comprarse su propio taxi.” Y él, que parecía decidido a no dejarme dormir con sus datos sorpresa, me dijo: “Hasta hace un mes tuve mi propio carro, pero las deudas y otros problemas me hicieron venderlo. Y adivine quién me compró el cupo que yo tenía: el señor para el que estoy trabajando ahora” Habiendo dicho esto frenó al frente de mi edificio, como si hubiera calculado las distancias para que la escena saliera perfecta. La conversación se rasgó abruptamente, y yo quedé con mil preguntas y exclamaciones nuevas tratando de pasar por mi lengua, pero ya era hora de pagar. Le di los billetes y me despedí.
Ahora que escribo esto él debe estar atravesando la soledad de alguna calle de Medellín. En las madrugadas del lunes no creo que le vaya muy bien, pero igual tiene que producir los 67.000. Por ahí andará abrigado y acompañado de la radio y un cigarrillo, buscando quién requiera de sus servicios, casi rogando para que ése o ésa que está parado junto a la calle sea el próximo cliente que le ayude a cumplir con las arduas exigencias de su contrato. Aunque él, entre alguno de los muchos comentarios que hizo con respecto a lo difícil de su trabajo, aseguró con una resignación lúgubre que “mientras no le pase nada al carro, ni a mí, todo está bien”.
(Al que le haya gustado la canción le advierto que esta es una versión recortada, la original dura casi dos minutos más; o sea que todavía tendrán más placer escuchando completo a Sabina y su poesía)